Gianni Infantino construyó su reinado organizando Mundiales en países donde un solo hombre dice “sí” y el aparato estatal obedece. Rusia 2018, Qatar 2022, regímenes con cuentas abultadas y cadenas de mando cortísimas. El modelo era simple: convencer al soberano, y el soberano convence al resto. Estados Unidos 2026 le presentó un problema que ningún autócrata pudo haberle anticipado. El federalismo norteamericano tiene once ciudades sede con sus propios gobiernos, sus propias prioridades electorales y sus propios abogados. Sin ministerio de deportes, sin ventanilla única, sin nadie que pueda comprometerse por todos. Lo que siguió tiene algo de farsa institucional: una junta en Massachusetts le arrancó concesiones a cambio de dejarlos jugar, la gobernadora de Nueva Jersey peleó por los costos de transporte, el alcalde de Nueva York forzó a FIFA a dar marcha atrás en la prohibición de botellas de agua y cuatro fiscales generales abrieron investigaciones sobre el ticketing. El hombre que le regaló a Trump un premio de la paz descubrió que ganarse al presidente no alcanza cuando el poder real está repartido entre decenas de funcionarios con electorados propios. El Mundial arranca igual, los estadios van a estar llenos y Infantino va a sonreír en la foto. Pero por primera vez en mucho tiempo, no fue él quien puso las condiciones.

250 VELITAS PARA EL TÍO SAM
Estados Unidos celebra su cumpleaños número 250, atravesado por una critica polarización política, expediciones militares en el extranjero, y una gran fiesta del deporte





