Entre los consensos que el Gobierno de Javier Milei ha intentado reconfigurar es posible hallar el tamaño y el rol del Estado, el equilibrio en las cuentas públicas, la orientación geopolítica, el protagonismo del sector privado, el marco jurídico de las relaciones laborales y, quizás por encima de las anteriores, la apertura comercial. Junto con las nuevas afinidades en materia de política exterior, la liberalización del comercio internacional es, sin dudas, uno de los focos que más resistencia ha encontrado.
El argumento más extendido en contra de la transición hacia una economía abierta se basa en un supuesto mal timing: Argentina, dicen los críticos, se está abriendo al mundo justo cuando el mundo vuelve a abrazar el proteccionismo y la política industrial. Este razonamiento actualiza parte del bagaje ideológico de los sectores filoperonistas, dado que no se trata de una crítica a la economía abierta y competitiva, sino a una supuesta inconsistencia con el contexto internacional.. “Lo de Milei es un corso a contramano”, dijo hace poco el gobernador bonaerense, Axel Kicillof. “El mundo está proteccionista, industrialista”.
Más allá del pavor de ver personajes acostumbrados a desestimar la experiencia macroeconómica del último medio siglo queriendo colocarse ahora a la vanguardia, existen elementos para tomar el argumento con seriedad. La irrupción de vertientes proteccionistas dentro del conservadurismo popular global, la guerra arancelaria de Trump y su intento de reshoring, la política industrial verde de la Unión Europea y la surgimiento de China como el hegemón fabril del mundo podrían persuadir a alguien sobre que, en efecto, vivimos un regreso del proteccionismo y un renovado prestigio de la política industrial. En los párrafos que siguen intentaré explicar por qué no es el caso.
Desde los ’90, la velocidad y la profundidad han aumentado: la proporción de comercio internacional sobre producto bruto global pasó de menos del 40% a alrededor del 60%.
Aunque la globalización ha sido analizada como un fenómeno reciente, se trata de un proceso que ha existido desde los albores de la humanidad. En efecto, desde que el hombre es hombre ha existido una pulsión natural por achicar las distancias y conectar cada vez más individuos, culturas y civilizaciones, por lo general a través de los avances tecnológicos. Hay momentos de pausa y momentos de aceleración, pero la tendencia es clara. Desde los ’90, la velocidad y la profundidad han aumentado: la proporción de comercio internacional sobre producto bruto global pasó de menos del 40% a alrededor del 60%.
Esta ola lejos estuvo de detenerse en los últimos años. El año pasado el comercio global alcanzó un récord de 35 billones de dólares, un 7% más que en 2024. Las importaciones de Estados Unidos y las exportaciones de China alcanzaron nuevos máximos y el comercio se expandió más rápido que el producto bruto global. América Latina no ha escapado a este destino: las exportaciones de bienes crecieron 6,4% el año pasado, una mejora respecto al 4,7% registrado en 2024, según el último informe del BID. Como viene evangelizando Daiana Molero en distintos formatos, el flujo de comercio global no se contrae, sino que se reordena.
En paralelo, y a pesar de los eternos anhelos industrialistas de gran parte de la burguesía nacional, la manufactura viene perdiendo peso en el empleo y en el PBI de todos los países, más allá de su política comercial. En EEUU, la manufactura cayó del 24% del PBI en 1970 a menos del 10% en 2025. En Alemania, otra locomotora industrial, el empleo industrial se redujo del 40% al 20% en el mismo lapso. Incluso China viene perdiendo empleo industrial: casi 30 millones de puestos de trabajo desde 2013. La participación de la manufactura en el PBI chino bajó al 25% en 2024, cuando en 2006 había sido mayor al 30%. Todo esto alimenta la intuición de que la desindustrialización del empleo y de la economía es una tendencia secular global.
HACIA LA NORMALIDAD
Un punto central que ignoran los críticos del proceso de apertura del gobierno de Milei es la línea de partida. Hasta 2023, la economía argentina era una de las más cerradas del mundo. Una combinación insólita de cepo, SIRA, aranceles y regulaciones y protecciones de todo tipo (además del Mercosur) colocaban a nuestro país como un verdadero outlier. Es evidente que estas capas de cerramientos no estaban destinadas a potenciar el sector industrial, sino a gestionar una emergencia que, a la luz de la experiencia reciente, parecía permanente.
Como durante el menemismo, nuestro país ha emprendido ahora una serie de reformas para aggiornarlo al grupo (cada vez menos selecto) de “países normales”. Antes y ahora se trató de achicar la brecha no sólo con lo que hacían los países más desarrollados, sino incluso con nuestros propios vecinos. Es por eso que luego de la década neoliberal de los ’90, la ola aperturista continuó en todo el continente americano, con la excepción de Argentina (y, después, Venezuela).
En este sentido, la apertura se percibe como un shock no porque el destino sea inusual, sino porque el punto de partida era extremo.
Esto provocó que se agigantara la brecha de comercio entre Argentina y tanto el promedio latinoamericano como el global. Ahora, cada metro que recupera Argentina en su misión aperturista la acerca a la norma regional y global. En este sentido, la apertura se percibe como un shock no porque el destino sea inusual, sino porque el punto de partida era extremo. Es por eso que el argumento de ir contra la corriente, el “corso a contramano” de Kicillof, aplica mucho más a los gobiernos kirchneristas de los últimos 20 años que a la reconfiguración iniciada en 2023.
En efecto, independientemente del índice que escojamos para medir la apertura argentina y su correlato con el resto de los países, nos encontramos mucho más lejos del mundo que durante los ’90, a pesar de los casilleros avanzados en los últimos dos años. Ya sea medido en comercio como porcentaje del PBI; según el arancel promedioponderado; en términos de integración económica; de apertura de la cuenta capital; o usando el índice de libertad económica de la Heritage Foundation se proyecta la misma película. Argentina se acerca al resto del mundo durante el ciclo 1989-2003, se separa del promedio regional e internacional de 2003 a 2023 (con la excepción de 2015-2019) e inicia una nueva fase de acercamiento desde 2023.
Para desmontar el último pilar del frente industrialista es necesario inspeccionar qué es lo que en verdad protegen los países que han aumentado las barreras al comercio internacional. Acá los datos son ilustrativos y podemos ubicar las intenciones en tres categorías. En la primera conviven aquellas medidas destinadas a mantener la delantera en insumos críticos y en tecnología de avanzada. La mayoría de los países que se involucran en este ejercicio son grandes potencias continentales o medias, amparadas en razones de seguridad nacional o competencia geopolítica. Es posible encontrar ejemplos recientes de esta práctica en los subsidios a la taiwanesa TSMC para fabricar chips en Arizona, el financiamiento de DARPA para tecnologías militares con aplicaciones civiles, las restricciones de exportación de litografía holandesa (ASML) a China o el apoyo a la biotecnología farmacéutica post-COVID. El objetivo es reducir la exposición a actores geopolíticos adversarios en insumos que son críticos para la defensa y la economía.
El objetivo es reducir la exposición a actores geopolíticos adversarios en insumos que son críticos para la defensa y la economía.
La segunda es la política industrial verde. El grueso de la Inflation Reduction Act en Estados Unidos, durante el gobierno de Joe Biden, subsidia autos eléctricos, energía solar, baterías de litio e hidrógeno, en línea con iniciativas similares como el Green Deal Industrial Plan europeo o los programas de apoyo de China a las energías limpias. Sin embargo, este impulso ha perdido fuerza en los últimos años, tensionado por restricciones fiscales y fatiga política. A diferencia de las grandes economías que pueden sostener estos esquemas, Argentina no tiene ni la escala fiscal ni el mercado para replicarlos.
La tercera categoría es una especie de proteccionismo errático: medidas comerciales que no responden a una estrategia de desarrollo sino a necesidades políticas inmediatas, como los aranceles de Donald Trump al acero, aluminio y autos, la retórica del Buy American o los cupos a textiles chinos. La lógica en estos casos es compensar a comunidades afectadas por la pérdida de empleo industrial y utilizar los aranceles como garrote negociador frente a socios comerciales. Son instrumentos contingentes, a veces implementados por decreto —como los aranceles luego declarados inconstitucionales— y reemplazados por mecanismos transitorios. Además, incluso con la escalada arancelaria, desde abril del año pasado se perdieronalrededor de 100.000 puestos manufactureros netos en Estados Unidos.
RESTO DEL MUNDO
La respuesta del resto del mundo a los aranceles de Trump es el mejor test del argumento industrialista. Si el proteccionismo fuera efectivamente un nuevo paradigma global, cabría esperar que los países afectados respondieran con más proteccionismo. No obstante, la gran mayoría de los países afectados por el Liberation Day intentó negociar una reducción de los aranceles. Japón, Corea del Sur, la Unión Europea, India y los países del Sudeste Asiático abrieron mesas de negociación en Washington, y en muchos casos ofrecieron una desescalada arancelaria. Además, los países afectados por los aranceles norteamericanos expandieron sus vínculos con otros mercados.
La Unión Europea, por ejemplo, firmó el acuerdo con Mercosur y avanzó en la modernización de su acuerdo con México, mientras negocia con India y con el Sudeste Asiático. A esto se suman otros movimientos relevantes: el Reino Unido firmó un acuerdo de libre comercio con India y se incorporó al CPTPP; China y ASEAN profundizaron su integración con la versión 3.0 de su área de libre comercio; el bloque EFTA cerró su acuerdo con el Mercosur y con India; y países como Australia y Emiratos Árabes Unidos y China avanzaron en acuerdos bilaterales. El mundo que se presenta como proto-proteccionista está reconfigurando sus vínculos comerciales, profundizando acuerdos existentes y abriendo nuevos canales de integración.
En definitiva, las economías que se diversificaron, que desarrollaron ventajas competitivas genuinas, que bajaron sus costos de transacción y firmaron acuerdos, están posicionadas para aprovechar la próxima ola de integración. Las que se mantuvieron cerradas, con una burocracia arancelaria que consume tiempo y divisas, van a llegar tarde de vuelta. El verdadero riesgo para Argentina no es que Milei abra demasiado rápido. Es que, como ocurrió entre 2003 y 2023, el mundo se reorganice y Argentina vuelva a llegar a la cancha con la lengua afuera.
El verdadero riesgo para Argentina no es que Milei abra demasiado rápido. Es que, como ocurrió entre 2003 y 2023, el mundo se reorganice y Argentina vuelva a llegar a la cancha con la lengua afuera.
Antes de terminar quiero dejar una reflexión sobre la eterna pretensión industrial argentina. El objetivo de todo gobierno en cualquier rincón del mundo debería ser llevar prosperidad y desarrollo a sus habitantes. Esto es, puesto de manera muy simple, que la pobreza baje, que aumente el poder adquisitivo, que se expandan las libertades individuales, que exista movilidad social ascendente y educación, salud y seguridad de calidad: la verdadera la felicidad del pueblo. En este horizonte, el modelo económico y los instrumentos productivos deberían ser medios para realizar esas metas, no fines en sí mismo.
De este modo, la clave radica en la comprensión de las condiciones internas, los condicionamientos externos, y el contexto internacional. Corea del Sur se desarrolló con manufactura intensiva porque tenía el capital humano, la cohesión institucional, el tejido empresarial y el momento histórico para hacerlo. Australia prosperó exportando commodities y servicios sin base industrial tradicional. Israel construyó riqueza sobre tecnología y conocimiento. Chile encontró su camino por la agroindustria y los minerales. Ninguno copió un modelo: todos leyeron su propio mapa y eligieron la autopista que podían transitar.
Estas experiencias dejan un claro aprendizaje para nuestro país: no hay que enamorarse de la herramienta. En cambio, es necesaria una profunda lectura de la ventana histórica y de la estructura y dinámica productiva argentina, dado que recetas viables para otras geografías o para otros tiempos pueden no ser la mejor alternativa en el mundo en que vivimos. De hecho, el propio Dani Rodrik, que documentó la “desindustrialización prematura” en América Latina en 2016, llegó en su fase más reciente a la conclusión de que la política industrial moderna debe apuntar al sector servicios, porque la manufactura ya no es, dice, la palanca central del desarrollo. Al parecer, el corso transita en la dirección correcta.
Santiago García Vence. Publicado originalmente en Revista Seúl






