Jerusalén concentra en menos de un kilómetro cuadrado los lugares más disputados del planeta. El Muro Occidental, la Explanada de las Mezquitas y el Santo Sepulcro están separados por distancias que se caminan en minutos. El hecho de que al cardenal Pierbattista Pizzaballa no se le haya permitido celebrar la misa de Domingo de Ramos es la expresión más reciente de una tensión que lleva siglos sin resolverse. Si bien Benjamin Netanyahu justificó la restricción por motivos de seguridad ante amenazas en torno a sitios sagrados, el episodio volvió a poner en cuestión el frágil equilibrio que regula el acceso a este espacio tan importante para las tres principales religiones monoteístas.Para el cristianismo, el Santo Sepulcro marca el sitio de la crucifixión y resurrección de Jesús. Las llaves no las guarda ninguna de las seis denominaciones cristianas que comparten el edificio sino unas familias musulmanas, los Joudeh y los Nuseibeh, que las custodian desde el siglo XII por decisión de Saladino para evitar que los propios cristianos se las disputaran. Para el islam, la Cúpula de la Roca, construida en 691, es uno de los edificios islámicos más antiguos del mundo, un santuario sobre la roca desde la que Mahoma ascendió al cielo. La mezquita de Al Aqsa, en el mismo complejo, es el tercer lugar más sagrado del islam después de La Meca y Medina. Para el judaísmo, el Muro Occidental es el único vestigio visible del Templo destruido por Roma en el año 70. El lugar más sagrado del judaísmo estaría debajo de la Cúpula de la Roca, razón por la cual muchos rabinos prohíben subir a la Explanada por temor a pisarlo sin saberlo. Los tres espacios se superponen sobre las mismas piedras, lo que convierte cada restricción de acceso en un evento con resonancia global.








