La Semana Santa tiene una cualidad extraña en política exterior: los parlamentos entran en receso, la prensa afloja el ritmo y los líderes bajan la guardia, lo que la convierte, paradójicamente, en uno de los momentos en que más cosas importantes han ocurrido. En 1916, los republicanos irlandeses eligieron deliberadamente el Lunes de Pascua para alzarse contra el Imperio Británico; los fusilaron, y al hacerlo durante la semana de la Resurrección en un país profundamente católico, convirtieron una rebelión fallida en el mito fundacional de un Estado. Ochenta y dos años después, otro Viernes Santo produjo el efecto opuesto: el Acuerdo de Belfast de 1998 detuvo décadas de violencia y debió su nombre —y parte de su fuerza simbólica— al día del calendario en que se firmó. No todas las Pascuas terminaron bien: en 1994, el genocidio de Ruanda estaba en pleno desarrollo durante la Semana Santa y las iglesias, históricamente espacios de refugio, se convirtieron en escenarios de masacre mientras el mundo miraba sin intervenir. Y en la Pascua de 1973, Golda Meir recibió las primeras advertencias sobre el ataque que Egipto y Siria estaban preparando, las ignoró, meses después llegó la guerra del Yom Kippur y su propia renuncia. La historia no descansa en Semana Santa. Solo finge que lo hace.








