La imagen sugiere que, más allá del partido en el poder, Estados Unidos mantuvo una política exterior marcada por el uso recurrente de la fuerza. La división entre demócratas y republicanos aparece menos como una ruptura estratégica y más como una diferencia de estilo: cambian los presidentes, los discursos y las justificaciones, pero persiste una lógica de intervención militar en regiones clave para la seguridad, la energía o la influencia global de Washington. En ese marco, Trump no aparece como una excepción aislada, sino como parte de una continuidad más amplia: aunque construyó su narrativa sobre el rechazo a las “guerras eternas”, también recurrió al poder militar para proyectar fuerza y marcar límites.








