TRUMP, XI Y LA PAZ CALIENTE

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TRUMP, XI Y LA PAZ CALIENTE

A pesar de los voluntaristas de la multipolaridad, en el mundo sólo hay dos hegemones.
  • Trump y Xi se reunirían el 14 y 15 de mayo en Beijing para evitar que la rivalidad más importante del mundo se convierta en crisis abierta. La agenda cruza comercio, Taiwán, Irán, chips, tierras raras e inteligencia artificial.
  • La cumbre no busca reiniciar la relación, sino administrar una competencia cada vez más peligrosa. Estados Unidos necesita mostrar liderazgo; China quiere ser tratada como potencia indispensable. Ambos se necesitan, pero la dependencia se volvió una herramienta de presión.
  • El impacto va mucho más allá de Washington y Beijing. Lo que se negocie puede mover mercados, energía, cadenas de suministro y márgenes de maniobra para América Latina, que queda cada vez más metida en la disputa por alimentos, litio, cobre, infraestructura y tecnología.

¿Qué pasó? 

La semana que viene, Donald Trump y Xi Jinping volverán a verse cara a cara en Beijing. La reunión está prevista para el 14 y 15 de mayo y, según anticipó el secretario de Estado Marco Rubio, Taiwán será uno de los temas inevitables de la conversación. “Estoy seguro de que Taiwán será un tema de conversación; siempre lo es”, dijo Rubio, y agregó que a ninguno de los dos países le conviene que haya “eventos desestabilizadores” en el Indo-Pacífico. Taiwán es el centro de la cadena global de semiconductores avanzados. Por eso, cualquier crisis en la isla tendría un impacto tecnológico y económico mucho más profundo que una disputa territorial tradicional.

Estados Unidos y China son las dos mayores economías del planeta: el producto bruto estadounidense ronda los veintisiete billones de dólares, el chino los dieciocho, y entre los dos representan casi el cuarenta y tres por ciento de la economía mundial. El comercio bilateral superó los seiscientos cincuenta mil millones de dólares en 2024, a pesar de años de aranceles cruzados. La competencia es igualmente monumental: China produce el 80% de los paneles solares del mundo, el 70% de las baterías y controla el 90% del procesamiento de tierras raras. Estados Unidos lidera en inteligencia artificial, semiconductores y gasto militar, con un presupuesto de defensa de novecientos mil millones de dólares, casi cuatro veces el chino.

Trump y Xi ya tienen una larga historia de encuentros. Se vieron en Mar-a-Lago en abril de 2017, en Hamburgo durante el G20 de ese mismo año, en Beijing durante la visita oficial de Trump a China, en Buenos Aires en 2018, en Osaka en 2019 y, más recientemente, en Busan, Corea del Sur, en octubre de 2025, en una reunión de unos 100 minutos. Esa última reunión dejó una tregua táctica: Trump redujo aranceles vinculados al fentanilo, China prometió reanudar compras de soja estadounidense y Beijing aceptó pausar por un año ciertos controles sobre tierras raras. Pero quedaron afuera los temas más difíciles: Taiwán, los chips de Nvidia, el acceso chino a tecnología avanzada y el futuro de la competencia militar en Asia

La cumbre de Beijing también viene precedida por movimientos preparatorios. El 30 de abril, Rubio habló con el canciller chino Wang Yi. Ese mismo día, el secretario del Tesoro Scott Bessent y el viceprimer ministro chino He Lifeng mantuvieron una videollamada “franca y amplia” sobre comercio, restricciones tecnológicas y nuevas reglas chinas que podrían penalizar a empresas que trasladen cadenas de suministro fuera de China. También hay un frente japonés. Bessent buscó coordinar posiciones con Tokio antes del viaje de Trump, en una señal de que Washington no quiere llegar a Beijing sin ordenar antes su tablero asiático. Japón es clave por tres razones: es aliado militar de Estados Unidos, potencia tecnológica y actor directamente expuesto a cualquier crisis en Taiwán o en el Mar de China Oriental.

¿Por qué importa? 

 La última gran bilateral presencial y Xi | Octubre, 2025. En ese momento, el foco estaba puesto en enfriar la guerra comercial, ordenar aranceles, destrabar exportaciones de tierras raras y evitar una escalada económica mayor. Ahora la conversación llega en otro clima: guerra abierta con Irán, crisis energética por Ormuz, Ucrania todavía sin resolución, presión creciente sobre Taiwán y avances en inteligencia artificial revolucionarios (especialmente Mythos, de Anthropic). La reunión ya no se lee solo como un intento de estabilizar el comercio bilateral, sino como una prueba de gestión del riesgo global.

 La tentación de las zonas de influencia. La tentación es imaginar a Trump y Xi como dos líderes sentados en una mesa para repartirse zonas de control: Taiwán para China, Ucrania para Rusia, Irán como ficha de negociación, Cuba, el canal de Panamá y Venezuela para Estados Unidos, los chips de Nvidia y las tierras raras como palancas en la competencia tecnológica. Pero la realidad es más compleja. No hay un tablero único donde todo se intercambia por todo. China no compite solo en Asia, sino en tecnología, finanzas, infraestructura, minerales, comercio y normas globales.

• Nada es al azar.Dónde se reúnen, quién entra a la sala, cuánto dura el encuentro, qué tema aparece primero en el comunicado y cuál queda fuera: todo comunica. Esta es la competencia máxima por el poder global. Estados Unidos quiere mostrar que sigue siendo el actor indispensable. China quiere mostrar que ya no acepta ser tratada como una potencia secundaria. La foto importa, el tono importa y los silencios también.

¿Cómo impacta? 

• A nivel globalel impacto será inmediato en los mercados. Según analistas de Goldman Sachs, una señal positiva podría impulsar los índices asiáticos entre tres y cinco por ciento en la jornada siguiente y estabilizar el precio del petróleo, que sigue volátil por Ormuz. Una guerra o bloqueo en el Estrecho de Taiwán tendría consecuencias económicas mucho más graves que la crisis de Irán, porque pondría en riesgo una ruta marítima central y el corazón de la producción mundial de microchips. En paralelo, hay reportes de que Estados Unidos está cerca de cerrar un acuerdo con Irán: si esa noticia llega durante o después de la cumbre, la lectura será la de una potencia que busca descomprimir varios frentes antes de concentrarse en la competencia de largo plazo con China.

• En Estados Unidos, Trump necesita que la cumbre produzca algo que pueda mostrarse como victoria: compras chinas de soja y energía, alivio para sectores industriales o una señal de que Beijing va a colaborar en Irán. Pero también tiene poco margen para aparecer blando con China. Cualquier concesión sobre chips, Taiwán o sanciones puede convertirse rápidamente en munición política interna.

• En China, Xi puede usar la visita para mostrar que China ya no es una potencia que espera ser aceptada por Washington, sino un actor indispensable para estabilizar crisis globales. Al mismo tiempo, necesita evitar que la reunión sea leída como una cesión ante Trump. Por eso Beijing buscará una coreografía de respeto, simetría y control: buena foto, pocos gestos de debilidad y ningún compromiso que limite demasiado su margen en Taiwán, tecnología o comercio. China también llega moviendo piezas fuera de Asia: desde el 1 de mayo eliminó aranceles para importaciones de 53 países africanos —todos menos Eswatini, que reconoce a Taiwán.

• En América Latina y en Argentina, la pregunta es menos abstracta. Si la conversación incluye comercio, alimentos, minerales críticos o restricciones tecnológicas, la región puede sentirlo rápido. Brasil y Argentina miran cualquier cambio en la demanda china de soja, energía y minerales. Cuba puede aparecer como ficha de negociación política. Panamá vuelve a estar bajo el radar por el peso estratégico del canal. Y los países con reservas de litio, cobre o tierras raras quedan cada vez más metidos en una competencia que no diseñaron, pero que puede redefinir sus márgenes de maniobra.

¿Cómo sigue? 

  • La reunión será el 14 y 15 de mayo en Beijing. Hasta entonces, lo más importante será mirar las señales previas: declaraciones sobre Taiwán, movimientos en torno a Irán, posibles anuncios comerciales y cualquier gesto sobre chips, tierras raras o sanciones. Hasta ahora, la agenda formal todavía no está completa, pero se espera que incluya comercio, déficit bilateral, tecnología, Taiwán e Irán.

Nuestra mirada en ÓRBITA:

Thomas Friedman escribió en The New York Times que esta podría ser la reunión más importante desde que Nixon viajó a Beijing en 1972. La diferencia es que Nixon viajó a China para abrir una puerta. Trump viaja a Beijing para evitar que se cierre del todo. En aquel momento, Estados Unidos abrió la puerta a China para reordenar el tablero de la Guerra Fría contra la Unión Soviética. Hoy, el objetivo ya no es integrar a China al sistema, sino encontrar una forma de convivir con una potencia que compite por rediseñarlo. Si hay un tema que justificaría una comparación de esa escala, probablemente sea la inteligencia artificial: el único terreno donde una falta total de reglas puede convertir la competencia tecnológica en riesgo sistémico.

Se habla, aunque nadie quiera decirlo demasiado alto, de un G2 informal: un mundo coorganizado por Washington y Beijing. Ninguno de los dos lo acepta públicamente. Xi no puede abrazar una narrativa de codominio porque contradice su discurso de multipolaridad. Trump no puede venderle a su base la idea de compartir poder con China. Pero en la práctica, ningún problema global de escala se resuelve sin los dos. El problema es que coordinar no significa confiar. Puede haber G2 para evitar incendios, pero no para compartir un proyecto de mundo. No hay transición energética, estabilidad financiera, regulación de IA, comercio global o seguridad marítima sin algún nivel mínimo de coordinación entre Washington y Beijing.

Nixon viajó a China para abrir una puerta. Trump viaja a Beijing para evitar que se cierre del todo.

Lo que no va a cambiar es el fondo de la historia: la competencia seguirá y probablemente se profundice. El mundo en el que Estados Unidos permitió el ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio en 2001, apostando a que la integración económica produciría convergencia política, ya no existe. Hoy el marco es el de las ganancias relativas: lo que uno gana en chips, satélites, puertos o rutas comerciales es leído por el otro como una pérdida estratégica. Lo que puede cambiar en Beijing es el tono, la gestión del riesgo y, en el mejor de los casos, algunas reglas mínimas para que la competencia no derive en conflicto. En este momento del mundo, eso ya sería extraordinario. petróleo como arma geopolítica colectiva: restringieron la oferta, dispararon los precios y demostraron que podían condicionar a Occidente. Hoy la lógica parece invertirse. No hay un bloque compacto usando el crudo como palanca común, sino productores que compiten entre sí por cuota de mercado, ingresos fiscales y margen estratégico. La pregunta ya no es si la OPEP puede doblarle el brazo al mundo, sino si todavía puede disciplinar a sus propios miembros.

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