- Perú vuelve al mismo dilema de siempre.Tras una primera vuelta con 35 candidatos, la elección terminó otra vez polarizada entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez. Más que una disputa entre proyectos, el balotaje reflejó el rechazo mutuo de dos electorados que votan más por miedo al otro que por entusiasmo propio.
- Gobernar será más difícil que ganar. Después de casi una década de presidentes efímeros, el principal desafío no es quién llega al poder sino quién logra mantenerse. La inseguridad, la fragmentación política y un Congreso con capacidad de bloquear o remover presidentes seguirán condicionando al próximo gobierno.
- Perú define mucho más que su política interna. Como uno de los mayores productores de cobre del mundo y pieza clave en la competencia entre Estados Unidos y China, el resultado electoral tiene impacto sobre inversiones, minería y geopolítica regional. Una victoria de Keiko fortalecería el giro regional hacia la derecha; una de Sánchez complicaría esa narrativa.
¿Qué pasó?
Perú celebró este domingo la segunda vuelta de sus elecciones presidenciales. Con el recuento aún en curso, las proyecciones indican que Keiko Fujimori se alzará con la victoria. Después de una primera ronda con 35 candidatos —un récord histórico— y meses de debate sobre fragmentación política y crisis de representación, el sistema terminó reduciendo la elección a exactamente el mismo dilema que en 2021.
Los dos finalistas llegaron a esta instancia con apenas un 29% combinado en la primera ronda, lo que significa que la mayoría de los peruanos que votaron lo hicieron contra alguien, no a favor de nadie. No los unió el amor, sino el espanto.

¿Quién es Keiko Fujimori? Keiko Fujimori no es solo la hija del expresidente, es la figura que más consistentemente ha sobrevivido a la reorganización del sistema político peruano en las últimas dos décadas. Su trayectoria es, en cierta forma, la historia de un proyecto político que sobrevivió a su fundador.
Su padre, Alberto Fujimori murió bajo condena por crímenes contra la humanidad y violaciones a los derechos humanos cometidas durante su gobierno en los años noventa. Keiko carga con ese peso y lo transforma en activo: reivindica la estabilidad y el aplastamiento del terrorismo maoísta, minimiza o esquiva las condenas. Ese equilibrio inestable le costó tres derrotas en balotaje.
Su campaña volvió a colocar la seguridad en el centro. Propone militarizar cárceles y fronteras, desplegar del Ejército en zonas de alta criminalidad, y retirar a Perú de la Corte Interamericana de Derechos Humanos para endurecer las penas. En economía, combina incentivos fiscales para empresas, reducción de impuestos a combustibles y exoneraciones al turismo. Orden, seguridad e impulso del sector privado.
¿Por qué importa?
Fragmentación y polarización. Perú llegó a esta segunda vuelta después de una primera ronda con 35 candidatos, un récord que reflejó la profundidad de su crisis de representación. Esa multiplicidad de opciones no produjo más pluralismo, sino una simplificación extrema: el balotaje volvió a reducir la elección a dos polos que buena parte de la sociedad percibe con temor. Fujimori y Sánchez pasaron a la segunda vuelta con apenas un 29% combinado de los votos en primera ronda. Eso significa que muchos peruanos no votan tanto a favor de un proyecto, sino en contra del proyecto que más rechazan.
Orden, seguridad y gobernabilidad. Después de nueve presidentes en diez años, Perú necesita algo más básico que un buen gobierno: necesita un gobierno que dure. La inseguridad se volvió una de las principales preocupaciones sociales y Fujimori logró ubicar allí su mensaje central, con propuestas de mano dura. Sánchez eligió otro camino: rechazar la militarización y poner foco en reformas institucionales. El problema es que esa discusión ocurre en un país donde el Congreso tiene capacidad real de bloquear, condicionar o incluso tumbar presidentes. Por eso, gane quien gane, el desafío no será solo prometer orden, sino construir autoridad política suficiente para gobernar.
Dos memorias traumáticas. La elección también importa porque enfrenta dos legados que siguen dividiendo al país. Keiko Fujimori reivindica, con matices, la herencia de su padre: la estabilización económica de los años noventa y la derrota del terrorismo maoísta, pero también un gobierno marcado por el autoritarismo y las condenas por violaciones a los derechos humanos. Roberto Sánchez, en cambio, busca capitalizar el voto asociado al ex presidente izquierdista Pedro Castillo, especialmente en las zonas rurales andinas, donde muchos todavía lo ven como una víctima de un Congreso poderoso que lo extirpó del poder.
¿Cómo impacta?
A nivel global. Perú es uno de los mayores productores mundiales de cobre y plata, dos commodities centrales para la transición energética y la industria global. Los inversores internacionales llevan semanas leyendo el mapa: una victoria de Fujimori ofrece más certeza regulatoria para la minería; una victoria de Sánchez abre interrogantes sobre el modelo extractivo, aunque el propio candidato buscó despejarlos durante la campaña. En cualquier caso, el precio del cobre en los mercados internacionales seguirá de cerca los primeros movimientos del nuevo gobierno. Gane quien gane, Perú tendrá que moverse entre dos fuerzas externas cada vez más influyentes. China es su principal socio comercial y el puerto de Chancay consolidó la centralidad del vínculo con Asia-Pacífico. Estados Unidos, al mismo tiempo, busca recuperar influencia en América Latina y mirar con más atención la infraestructura estratégica, los minerales críticos y la seguridad regional.
En América Latina. Un triunfo de Fujimori sería presentado como un nuevo capítulo de la ola derechista latinoamericana. Milei ya se alineó con Fujimori y convirtió la elección en un tema de seguridad regional. Kast hizo lo mismo desde Chile. Un triunfo de Keiko consolida ese bloque y agrega peso a la narrativa de que la región se corre hacia la derecha después del ciclo progresista. Un triunfo de Sánchez, en cambio, complica ese relato y abre un frente de tensión diplomática con Buenos Aires y Santiago. Brasil, como siempre, intentará mantener la equidistancia. Colombia, con Petro, probablemente se entusiasme más de lo que le conviene.
¿Cómo sigue?
- Según la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), en el mes de julio estarán los resultados finales.
- El próximo presidente asumirá el 28 de julio de 2026.
Nuestra mirada en ÓRBITA:
Después de 35 candidaturas presidenciales, meses de campaña fragmentada y años de crisis política, el sistema vuelve a producir una elección entre temores. Fujimori concentra el miedo al autoritarismo y a la impunidad del pasado. Sánchez concentra el miedo a la improvisación, al radicalismo y a una nueva crisis institucional.
No obstante, hay una dimensión que los titulares internacionales suelen soslayar: ninguno de los dos candidatos encaja del todo en las etiquetas ideológicas que se les asignan desde afuera. Keiko llegó a esta campaña como una figura que, en tres derrotas consecutivas, aprendió a moderarse para sobrevivir. El fujimorismo de Keiko no es el fujimorismo de Alberto: es una organización política que su hija construyó desde cero —el partido que el padre nunca quiso hacer— y que le permitió mantener una base electoral estable a lo largo de dos décadas. Su perfil es el de una derecha institucional y tecnocrática: disciplina fiscal, inversión privada, seguridad. Pero en materia social no hay apertura: en campaña volvió a abrazar el discurso del orden, y su historial incluye compromisos públicos con comunidades evangélicas rechazando el matrimonio igualitario y la unión civil.
Sánchez, por su parte, presenta una contradicción más llamativa. Como legislador en el Congreso, impulsó el proyecto de matrimonio igualitario en 2023 junto a congresistas de izquierda liberal. Como candidato, llegó al balotaje con el sombrero chotano de Castillo como marca de campaña, capitalizando el voto del Perú andino y rural donde la etnicidad y el abandono histórico siguen estructurando la decisión electoral. Y selló una alianza con Antauro Humala, el líder etnocacerista —una corriente de nacionalismo de supremacía andina— que propone fusilar a expresidentes condenados por corrupción y recuperar militarmente territorios perdidos ante Chile. El resultado es un candidato que no es simplemente «el progresista»: su programa económico es marcadamente intervencionista, su base social es conservadora en materia de familia y diversidad, y su perfil político combina izquierda legislativa con alianzas que inquietan a la propia izquierda democrática. Es posible ser, al mismo tiempo, la esperanza del Perú rural olvidado y la pesadilla de los sectores urbanos liberales.
Sánchez selló una alianza con Antauro Humala, el líder etnocacerista —una corriente de nacionalismo de supremacía andina— que propone fusilar a expresidentes condenados por corrupción y recuperar militarmente territorios perdidos ante Chile.
La fractura geográfica lo vuelve todo más nítido. Lima y las ciudades costeras concentran el fujimorismo. La sierra y la selva, especialmente las provincias más pobres y con mayor población indígena o campesina, votaron masivamente por Sánchez en primera ronda. No es solo una división política: es una grieta que reproduce décadas de centralismo, de inversión desigual y de una democracia que, vista desde las provincias, parece un asunto de las élites limeñas. El presidente que asuma el 28 de julio no solo deberá gobernar un Congreso hostil: deberá gobernar un país que en sentido literal vote en direcciones opuestas.
La paradoja es que Perú no es, ideológicamente, una sociedad extrema. La mayoría del electorado se ubica cerca del centro. Pero las reglas de competencia, la fragmentación partidaria y la lógica del balotaje empujan la decisión final hacia polos que muchos ciudadanos perciben como riesgosos. Por eso la pregunta de fondo no es solo quién ganará. Es por qué el sistema político peruano sigue convirtiendo la diversidad de opciones en una elección binaria entre miedos. Construir un gobierno que dure, que gobierne un país tan fracturado, y que no caiga antes de tiempo, va a costarle un Perú.







